Mandei a saudade embora

Mandei a saudade embora porque ya tenía la maleta llena y era lo que menos necesitaba y más ocupaba.
Está claro que no iba a tirar el periódico en el que salía la foto de los novos estudantes da UBI chegados da Espanha, da Polonia, da França e da Rômania. Así, como tampoco tenía pensado deshacerme del Galo de Barcelos que cambia de color según la temperatura, ni del sombrero del traje académico que me regaló Nuno en la Semana del Caloiro.
¡Ni nombrarme que dejara allí las piedras de la calzada portuguesa! ¡Ah! Ni el ramo de flores secas con el que me sorprendió Filipe el día que desde el mirador de las Portas do Sol me di cuenta de que era mi mejor amigo.
No se puede uno llegar a hacer una idea de cuanto tardé en encontrarle un lugar a la botella de Licor Beirão para que no se rompiera en el viaje. La forré con los mapas, los recortes, papelitos, servilletas, pedazos de envoltorios, billetes de autobuses y de trenes y con un pañuelo feísimo que ponía “Ti Mílio, a tua mercearia”.
Pegadito a este paquete acolchado coloqué los vasos con mensajes a rotulador, la botella de Ukal y la vela morada, y las gafas con forma de corazón de la fiesta de Optometría. Para reforzar los bordes de la maleta puse por los lados los apuntes que me prestó Naldina de Géneros Jornalísticos y la carpeta del Banco Espírito Santo donde metí los 176 folios sobre Cinema Documentário que nos hizo leernos el profesor Cardoso.
¡Tengo tantas cosas acumuladas!
¡Y es tan difícil seleccionar y aparcar todo esto como si nada!
Llegué hace nueve meses, casi con lo puesto y a día de hoy, 7 de julio de 2006, tengo dos maletas llenas en la puerta y la ropa todavía está en el armario. ¿Cómo lo he hecho? No lo se. Además, Mar me ha regalado las botas que compartíamos y se acaba de ir dejándome el cuarto demasiado vacío.
He quedado a comer con Acaról y con Laura a las 14 horas, pero se me ha parado el reloj a las 13,30 así que creo que ya llego bastante tarde. Tampoco me preocupa, porque normalmente soy yo la que espera por ellas.
Julia también se ha ido ya, lo ha hecho de manera silenciosa, sin despedirse. Me he enterado porque alguien la ha visto subirse a un taxi con todo el equipaje y he llorado como una tonta mientras guardaba la falda de cuadros rojos.
¡Mi hermana se ha ido!
Me voy a comer, que las niñas estarán extrañadas.
Al bajar las escaleras de la residencia el eco me persigue como mi propia sombra.
Llevo, por supuesto, calzadas las chanclas brasileñas con los calcetines verdes de rayas. Me miro a los pies para no ver que las paredes están mas blancas y que el espacio me parece más frío que el día que llegué.
Es como si por causa del silencio todo se hiciera grande y como si hubiera dejado de ser mi hogar solo porque he guardado mis cosas en unas maletas y he vaciado las estanterías.
Esta ha sido mi casa, este ha sido mi hogar. He subido y bajado esas escaleras con estas sandalias y con estos calcetines miles de veces, me he caído, y hasta me he sentado a esperar, he subido los escalones de dos en dos, he hablado a voces de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Mis escaleras de madera, que nada significaban, son un mundo mientras las bajo sabiendo que mañana no lo haré.
Ya, ya , ya, ya, ya…
Esto ya me lo conozco. Efectivamente, as meninas não estão prontas. Voy a buscarlas a su cuarto y aquello no tiene nombre, es un campo de batalla recién acabada la guerra, faltan los cuerpos muertos pero no faltan los llantos de los que han sobrevivido.
Allí me encuentro a Laura y Acaról, llorando, cada una en un rincón, sin dirijirse la palabra, con el rimel corrido, el pijama blanco de rayas rojas una, y la falda verde de rayas blancas la otra. Parecen dos gotas derramándose en tortura china, ya me duele.
Mi primera reacción es sentarme, callar y observar desde lejos, desde la puerta. Cuando me acerco y me siento en el escalón que hace de alfeizar de la ventana entro en escena. Me niego a pasar mis últimas horas amontonando lamentos, prefiero dejar esa tarea para cuando ya no esté allí y no me quede otro remedio que amontonar recuerdos que dejen espacio a presentes.
– ¡Venga chiquillas, no me hagan esto! Vámonos a ver al André y a tomar un Sumol de ananás y una francesinha y luego nos acercamos a la Oriental a jugar unos matraquilhos y tomar una Super Bock.
Como respuesta recibo silencio aderezado con un gemido.
Estoy empezando a sucumbir. La gota de agua que me taladra el cerebro con anécdotas de la noche pasada y de las tardes y las mañanas de 9 meses atrás está haciendo bien su trabajo. Una lágrima empieza a hacer fuerza en mis ojos, entonces me suena un mensaje en el móvil y recupero la compostura.
No por mucho tiempo vuelve la serenidad a mí. El mensaje es de Filipe, me pregunta si voy a ir al cine con él a ver Alice o si me quedo con las niñas.
Empiezo a llorar sin querer ni evitarlo.
Acaról y Laura reaccionan, intentan entender qué me ha podido pasar así de repente. Acaról me quita el móvil de las manos porque yo no consigo explicarlo.
Me hago una bola, con la cabeza entre las piernas.
– Respira. Respira.- Oigo decir.
Una mano me da en el hombro bruscamente y al levantar la cabeza veo a Mar que me devuelve el móvil y me pregunta:
– Entonces, ¿qué vas a hacer? ¿Vas con él o vienes a la cena con los polacos?
– Con él- respondo automáticamente.
Releo el mensaje:
Enviado por: Filipe
Qua. 15 Mar 2006 -19:28
Maria Elena. Sempre vens
ao cinema ou ficas
com as raparigas?
Diz lá aí qualquer coisa
Mar sale del cuarto haciendo un comentario sobre lo tonta que estoy hoy y yo voy a la habitación de Filipe a buscarle para ir al cine.
P.D.: Reflexiones póstumas y una confesión
Saber lo que iba a suceder el último día lo sabíamos todos y no me siento privilegiada por ello. Si por algo debería sentirme privilegiada es solo porque podré repetir un 15 de marzo irrepetible y porque reviviré 7´s de julio inolvidables. Aunque también me servirá para seguir llenando maletas.
El simple ejercicio de cerrar un paquete de pan de molde me recuerda a ti. También me he traído la costumbre de silbar mientras lo ato.
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