Lura: cantante, bailarina, mujer, pasión

Fotografías: Lele Sorribas
Fui la segunda en llegar al Teatro Caixanova, la tercera en entrar y lo vi todo desde la quinta fila.
Cuando el teatro estaba completo y las luces se apagaron comenzó la magia. Primero entraron los músicos: pianista, guitarrista, bajista, violinista y batería. Sonaron los primeros acordes dejando el camino abierto a Lura, que de rojo y radiante encendió la mecha.
Comenzó suavemente, envolviéndolo todo con su voz y su sola presencia. Ya antes de presentarse el señor que estaba sentado a mi lado había exclamado un par de veces: “¡Qué bien!”.
En la presentación nos situó en el punto de partida: Cabo verde y las características de los caboverdianos como ecpresión de África y fusión. Para mostrar con un ejemplo ese caracter “fusión” África-Mundo sonó una “coladeira”.
Todo el concierto fue un paseo por los diferentes ritmos de Cabo Verde. Continuamos el viaje con Vazulina (una de las clásicas de Lura), canción sobre un africano que quiere emigrar y quiere alisarse el pelo para estar más “bonito” (o más de ciudad, más europeo), para ello necesita un peine y vazulina.
Después, le dedicó Batuku a todas las mujeres presentes. El batuku es un ritmo tocado por mujeres que reunidas en la calle y sentadas formando una media luna ritman y cantan sobre temas políticos y/o sociales.
Casi cerrando, pero sin cerrar, calentó el ambiente con un ritmo funaná. Éste durante la época en la que Cabo Verde era colonia de Portugal fue un ritmo prohibido por ser muy tribal y sexual. Después del 75, con la independencia de Cabo Verde dejó de ser prohibido. En este momento aprovechó para demostrar que nunca dejó de ser bailarina por ser cantante, sino que sumó el canto al baile.
En este punto, la timidez del público ya no existía y a pesar de la disposición del teatro todos en pie, y cada uno a su modo, bailamos la última música.
Sin embargo, no era tan fácil que la dejáramos sin ir sin un bis, y mientras una parte del público gritaba “otra”, una parte más atrevida y conocedora gritaba “na´ri ná”. No les quedó otro remedio que ofrecernos “oh na ri ná, oh na ri ná, nu ta brinca só iá iá…”
El público continuaba en pie, pero todo lo bueno termina y además parece siempre poco, así que Lura y sus músicos se despiedieron y el señor que estaba sentado a mi lado no dejaba de repetir: “¡Qué bien! ¡Qué maravilla!.
Resumiendo impresiones, Lura puso sobre el escenario su voz, su baile, su feminidad, su africanidad, su fusión y toda su pasión.
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